Al abordar el tema de cómo traducir a los clásicos, debemos recordar que no sólo estamos discutiendo posiciones teóricas, sino también estrategias pragmáticas que dan forma a la experiencia de individuos concretos. (J. M. Coetzee)

Cicerón, De Finibus


Yo no ignoraba, Bruto, que al poner en palabras latinas temas ya tratados en lengua griega por filósofos de sumo ingenio y exquisita doctrina, era posible que muchas críticas salieran al cruce de mi trabajo. […]
 
Los más difíciles de conformar son quienes dicen desdeñar los textos escritos en latín. Ante todo, me sorprende que, mientras ellos mismos leen, sin obligación alguna, obras literarias en latín traducidas del griego al pie de la letra, no les guste que la lengua patria sea utilizada para abordar temas más serios. ¿Pero quién puede estar tan enemistado con las palabras romanas, digamos, como para despreciar o rechazar la Medea de Enio o la Antíope de Pacuvio, afirmando disfrutarlas escritas por Eurípides, pero odiarlas redactadas en latín? “¿Cómo voy a preferir –dicen– leer los Sinefebos de Cecilio o la Andria de Terencio antes que las dos obras de Menandro?”.

Hasta tal punto estoy en desacuerdo con ellos que, si bien Sófocles escribió su Electra de manera impecable, creo que de todas formas debo leer la que maltradujo Atilio, según Lucilio, “un escritor de madera”, pero para mí un escritor al fin: hay que leerlo. Porque ignorar tan profundamente a nuestros poetas es propio de una perezosa desidia o de un gusto demasiado quisquilloso. La verdad es que no me parecen para nada eruditos quienes no conocen ninguna de nuestras propias obras. […]

Si simplemente tradujera a Platón o a Aristóteles de la misma manera que nuestros poetas tradujeron obras literarias, podría acercar esos divinos pensadores al conocimiento de mis conciudadanos, pero considero que igual me comportaría mal con ellos. Hasta ahora no lo he hecho, ni pienso hacerlo, pero tampoco creo que me esté prohibido. Si me parece oportuno, traduciré algunos fragmentos, en especial de los dos filósofos que acabo de mencionar, siempre que pueda hacerlo de manera correcta, del mismo modo que Enio con Homero o Afranio con Menandro. […]

Este no es el lugar apropiado para demostrarlo, pero esto es lo que pienso y varias veces he afirmado: la lengua latina no sólo no es pobre, como antes generalmente se creía, sino que es, incluso más rica que la griega. […]

En la medida de mis posibilidades, tengo que esmerarme para que, con esfuerzo y dedicación, mis textos permitan ser más sabios a mis conciudadanos, para no discutir tanto con esos que prefieren leer las obras griegas (siempre y cuando las lean, no sólo simulen leerlas) y para ser útil a quienes decidan usar ambas literaturas, o bien, al tener una propia, ya no precisen tanto la griega.


Non eram nescius, Brute, cum, quae summis ingeniis exquisitaque doctrina philosophi Graeco sermone tractavissent, ea Latinis litteris mandaremus, fore ut hic noster labor in varias reprehensiones incurreret. […]

Iis igitur est difficilius satis facere, qui se Latina scripta dicunt contemnere. in quibus hoc primum est in quo admirer, cur in gravissimis rebus non delectet eos sermo patrius, cum idem fabellas Latinas ad verbum e Graecis expressas non inviti legant. quis enim tam inimicus paene nomini Romano est, qui Ennii Medeam aut Antiopam Pacuvii spernat aut reiciat, quod se isdem Euripidis fabulis delectari dicat, Latinas litteras oderit? Synephebos ego, inquit, potius Caecilii aut Andriam Terentii quam utramque Menandri legam?

A quibus tantum dissentio, ut, cum Sophocles vel optime scripserit Electram, tamen male conversam Atilii mihi legendam putem, de quo Lucilius: “ferreum scriptorem”, verum, opinor, scriptorem tamen, ut legendus sit. rudem enim esse omnino in nostris poëtis aut inertissimae segnitiae est aut fastidii delicatissimi. Mihi quidem nulli satis eruditi videntur, quibus nostra ignota sunt. […]

Si plane sic verterem Platonem aut Aristotelem, ut verterunt nostri poëtae fabulas, male, credo, mererer de meis civibus, si ad eorum cognitionem divina illa ingenia transferrem. sed id neque feci adhuc nec mihi tamen, ne faciam, interdictum puto. Locos quidem quosdam, si videbitur, transferam, et maxime ab iis, quos modo nominavi, cum inciderit, ut id apte fieri possit, ut ab Homero Ennius, Afranius a Menandro solet. […]

Non est omnino hic docendi locus; sed ita sentio et saepe disserui, Latinam linguam non modo non inopem, ut vulgo putarent, sed locupletiorem etiam esse quam Graecam. […]

Ego vero, […] debeo profecto, quantumcumque possum, […] elaborare, ut sint opera, studio, labore meo doctiores cives mei, nec cum istis tantopere pugnare, qui Graeca legere malint, modo legant illa ipsa, ne simulent, et iis servire, qui vel utrisque litteris uti velint vel, si suas habent, illas non magnopere desiderent. 

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